“ La vuelta de Obligado” Miguel Brascó.
Recuerdo la primera vez que lo oí, no tenía yo más de catorce años, lo cantaba Alfredo Zitarrosa ( Uruguayo 1936-1989) desde un disco simple que giraba en el Winco, corrían los años sesenta.
Aqui encontraran cosas simples, nostalgia, añoranza, recuerdos personales. Fotos,Anécdotas,Relatos,Recetas de cocina de las abuelas,se amontonan en los estantes sombríos. Pasen,las puertas están abiertas.
“ La vuelta de Obligado” Miguel Brascó.
Recuerdo la primera vez que lo oí, no tenía yo más de catorce años, lo cantaba Alfredo Zitarrosa ( Uruguayo 1936-1989) desde un disco simple que giraba en el Winco, corrían los años sesenta.
PRIMER CENSO EN MONSALVO - 1869
Del 15 al 17 de septiembre de 1869, bajo la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, se realizó el primer censo de población en la República Argentina.
De acuerdo a ello, también se efectivizó en los Partidos en Monsalvo y en el Tuyú (por aquel entonces unificados bajo la tutela del Juzgado de Paz de Monsalvo).
Es así que, de la página 122, del libro del Juzgado de Paz de Monsalvo correspondiente a los años 1869 - 1870, el historiador Iver E. Gramigna publica en su libro Por los Pagos de Monsalvo (T.I) la comunicación del entonces Juez de Paz de Monsalvo Don José María Peña, respecto del censo.
"Unión; Octubre 2 de 1869.
Al Señor Ministro de Gobierno de la Provincia, Dr. D. Antonio E. Malaver.
Tengo el honor de dirigirme a V.S., adjuntándole una copia del resultado del censo practicado en este Partido y en el del Tuyú, en los días destinados a ese trabajo y participando a V. S. haber ayudado a la Comisión de Censo por todos los medios a mi alcance, en cumplimiento de las disposiciones del Superior Gobierno.
Dios Gde. Á V.S. M. años
José María Peña
PLANILLA
Población de los Partidos de Monsalvo y Tuyú, según el censo levantado en los días 15, 16, 17 de septiembre de 1869.
Varones Mujeres Total
Nacionales…………. 2.342 +1.618 =3.960
Extranjeros……………… 460 +67 = 527
Totales……………………………… 4.487
CONDICIONES ESPECIALES DE ELLA
Saben leer 632 Ilegítimos 531 Mancebos 266 Huérfanos de padre 274 Huérfanos de madre 131
Inválidos de guerra 18 Idem en trabajos 52 Van a la escuela 24 Dementes 11
Sordo-mudos 11 Opas 10 Ciegos 8 Con color 2
Unión; Octubre 2 de 1869
José María Peña
Alguien pasó por aquí y pregunto por el refrán “Que sabe el burro de confites…”
Igual que para “que sabe el chancho de freno o el avestruz de riendas” la respuesta es: Sin el conocimiento de “la cosa”, sin técnica es improbable hacer algo bien. El burro, el chancho, el avestruz o quien se meta a hacer algo que requiere habilidad, pericia, destreza, maña, arte primero deberá que aprender.
Mientras respondía al visitante recordé esos dichos, frase y refranes que escuchábamos casa.
Los abuelos educaban con refranes y dichos No te dejes arriar con el poncho. No pierdas los estribos; cuando se esta en el potro, hay que aguantar los corcovos. Para saber lo que es empacho, hace falta haber comido. Puede que tronando llueva. No me andes con medios días habiendo días enteros. Sos pura espuma como el chajá, Vamos a ver si lo que pinta madura. No te olvides que más vale trote que dure que galope que canse. No es pa todos la bota e potro, sino pal que la sabe usar.
No hay adversario débil la garúa también moja. No des ni aceptes changüi y si cantas contra flor anda nomás por el resto.
También había palabras, frases colándose en aquellas, siempre recordadas, charlas de sobremesa. Aprontar era la prueba, el ensayo de algo. Mañero era ser perezoso, manganeta era engañar, duro de boca era mal educado, no saber callarse. La hechuría era hacer crueldades, el Chirlo la temida pena o castigo, también una brutalidad, la única capaz de aplicar dicho correctivo siempre fue mamá, papá optaba por la dialéctica. Rezongaba si contradecía entre dientes. Frangollaba al hacer mal la tarea que me habían encomendado. Ligaba cuando tenía suerte y si la fuente rebosaba de tortas fritas era una fuentada.
Refranes, dichos, frases, palabras de las que sólo quedan ecos.
Ensillo el cimarrón que no es otra cosa que cargar yerba en el mate y te cuento – a vos que preguntas por el refrán “que sabe el burro de confites, si nunca fue confitero” - que usualmente lo aplico a mis frecuentes impolíticas intromisiones. Más de una vez sucedió que creyéndome en campo orégano, erre de medio a medio. Entonces esas resonancias a las que suelo llamar casualidades, me aconsejaron sacate las espinas del lomo, desistí del contrapunto y aguantate el chaparrón. Sí querés más claro, echale agua.
“¿Dónde te habías metido? Todo el rato que duró la tormenta te anduvimos buscando.
-Estaba en el otro patio.
-¿Y que estabas haciendo? ¿Rezando?
- No, abuela, solamente estaba viendo llover.”
Pedro Páramo - Juan Rulfo
Aquí estoy, sigo aqui. Perdí la cuenta de cuanto hace que no visito Gral.Guido. Por supuesto que las telecomunicaciones acortan las distancias, hablo seguido con Marilú…Pero se echa de menos Guido, se añoran sus olores, la “dulzura” de los atardeceres, los “ecos encerrados”
Estoy aquí con una taza cargada de chocolate calentito, vengo de leer el correo, de repasar una y otra vez las fotos que envía mi hermano, que sigue de viaje. Me cuenta que recorrió la península de Istria, visitó Croacia, pasó por la fantástica Venecia. Ya esta de regreso en España, pero antes de recalar en Madrid dónde planeara su próxima travesía, anduvo una vez más por el Valle de Bielsa en el Pirineo aragonés. El viaje del ácrata es interminable.
El olorcito de chocolate invita a cerrar los ojos y recordar aquellas tardecitas de crudos inviernos con repostería casera, algún licorcito y leche con cascarilla. ¡Qué rico! El perfume del cacao aviva los recuerdos, y en las fotos de Venecia resuena aquel primer Long Play de Charles Aznavour que disfruté allá lejos y hace tiempo.
Coincidió con la lectura de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo. Fue durante las vacaciones de invierno de 1967, tres días antes de volver al colegio. Arrimada a aquella estufa de seis velas alimentada a kerosene, recuerdo que tenía una rejilla en la parte superior que se usaba para apoyar la pava, por lo general ese lugar lo ocupaba un jarro con agua y hojas de eucalipto que aromatizaba el ambiente. Al calor de la estufa leí sin entender nada, respondí las preguntas a los ponchazos y cambie la lectura por el Winco desde dónde Aznavour cantaba para mi “Venecia sin ti” El disco lo había comprado tío Loro, a él le gustaba Aznavour. Tío era muy celoso con sus discos no los prestaba a nadie, sólo él los ubicaba en la bandeja del combinado previo pasarles un paño sobre la superficie, no descuidaba detalle. La púa bajaba lentamente y la romántica voz inundaba el espacio “Que profunda emoción recordar el ayer cuando toda Venecia me hablaba de amor…”. pero sin la presencia de tío no había posibilidad de oir a Aznavour. Fue entonces, que tía María, cómo siempre, intercedió y ese disco pasó a mis manos. Lo gaste de tanto pasarlo. La novela de Rulfo quedo olvidada.
Años más tarde 1973/74 me topé con Pedro Páramo en el subte, alguien, distraído, lo había abandonado en el asiento. Esa tarde al abrir el pequeño libro Rulfo me preguntó “¿Dónde te habías metido? Todo el rato que duró la tormenta te anduvimos buscando.” Me atrapó. Desde entonces esta conmigo, lo presto, lo pierdo, lo vuelvo a recuperar. ¿Dónde te habías metido? Le pregunto. Juan Rulfo responde “Acuérdate, Nos han dado la tierra, No oyes ladrar los perros, Diles que no me maten…” Y entonces voy por más chocolate, introduzco el CD de Aznavour y enciendo esta otra estufa. No hay aroma a eucalipto, ahora la casa huele a lavanda gracias al aromatizador natural “Corona da Bahia”. Algunas cosas no cambian, los cuentos de Rulfo están ahí en “El llano en llamas”, el chocolate continúa despertando los sentidos y yo sigo aquí, en este “patio”, sin olvidar él pueblo donde nació mi padre
El Blog de Juan Carlos
II
Le dio otro besito al frasco
y ya azunbao por la tranca,
manotio su barba blanca
y sacudiendo las clinas
dentro a recordar las chinas
que había levantado en ancas.
Aquí ande me ves, -me dijo-
las tuve a tuitas menas:
alazanas y morenas,
querendonas y bagualas,…
Los disgustos de las malas
me los pagaron las güenas.
Por ellas donde he llegado
hice rayar las lloronas,
y les cante en las bordonas
las causas de mis tormentos…
De galopiar contra el viento
se me han ladiao las caronas.
Pero aquel tiempo paso,
y ya viejo y cascarudo
como lomo de peludo
que anda escarbando en la arena
Solo me queda la pena
de haberme gastado al ñudo.
Sin enbargo te he de señalar
pa asigurar tu confianza,
y si de oirme no se cansa
tu atención, precuraré
darte um resuello de fe
a no voltear tu esperamza.
Las mujeres se parecen
lo mesmo que las estrellas
pero, en hallándose ente ellas
la prienda de nuestro amor,
siempre será la mejor
y más bella entre las bellas.
Mas no te fiés sin enbargo,
aunque te digan: Te quiero
debes probarle primero
la firmeza en sus deberes…
palabras de las mujeres
son palabras de pulpero.
Aplicada al disimulo
nadie sabe lo que siente,
y la mentira en su mente
puede más que la verdá:
se afirma en su falsedá
y es la verdá la que miente.
Por eso nunca trates
de escarbar en la maraña
y si una duda te araña
dejála sin aclarar
porque más vale dudar
que conocer que te engaña.
Ansí es la mujer mirada
del derecho y del revés;
pero si vos la querés
no hagás caso de este viejo
y ráite de mi consejo
aunque lo llores dispués.
Una sóla es esta vida
Y aunque es una la verdá
a veces la falsedad
contra ella mesma se empaca
y es triste matar la vaca
de nuestra felicidá.
III
Le dio otro beso al porrón
hasta dejarlo tecleando;
y quedo como buscando
un recuerdo en la mollera
Volvió a manotear la pera
y ansí le siguió pegando:
Yo también quise entre tantas
a una china con tiernura,
y sentí tal amargura
el día que se me jué,
que a dos brazadas llegue
del corral a la locura.
Como es posible canejo,
-dije al probar su mudanza-
que haiga burlao mi confianza
sin darme tiempo a pensar?
y ya emprencipié a chairar
el fierro de la venganza.
Yo te he de encontrar a tiro
pa raboniarte la trenza
y has de pagar mi vergüenza
con la tuya ¡La gransiete!
Encerrado en ese brete
naide sabe lo que piensa.
Pero Dios que es trenzador
que sabe trenzar muy fino
la ladio de mi camino
pa evitar el encontron…
¡Bien haiga tu protección
boyero de mi destino!
Tranco a tranco y sin pensarlo
templé mi propio sonido
hasta que ya de perdido
dentó el querer aflojar,
y me largue a galopiar
por los campos del olvido.
Por eso ensisto, cachorro
y aguantá que me denbande;
nunca dejes que te mande
el entripado del rencor
será muy grande el amor
pero el olvido es más grande.
Pensá pues projundamente
y no lo tomés a broma
que por mucho que nos coma
esa peste endemoniada
la venganza más honrada
es la que nunca se toma.
continuará...
La Biblia Gaucha Ed. 1936
Alberto Vacarezza
“Si la casualidad es la más empeñosa jugada del destino,
alguna vez podremos interrogar con causa a esas escoltas de genealogías
que tendieron un puente…”
Canto a Berenice de Olga Orozco
Por obra de la casualidad volví a pasar por la casilla de correo abandonada hace tiempo donde El Amigo Juan Naddeo había dejado a fines de abril una sorpresa… “revisando unas viejas revistas publicadas en Maipú por el año 1930 me encontré con noticias de Guido y con algunas personas que figuran en ellas que creo podés conocer, la revista se llamó
Lo que siguió fue pura emoción. Encontré allí esos versos que eternizan los ojos de mi papá cuando era un muchacho de 20 años, cuando en sus sueños todavía, no asomábamos nosotros. Nada sé de Corintia, jamás escuche ese nombre en las charlas de sobremesa, pudo ser un seudónimo. De lo que no quedan dudas es que conocía la mirada de esos ojos negros y profundos que atrapo en sus versos.
Alguien escribió que: “El amor de los jóvenes no esta en el corazón, sino en los ojos” y Corintia como la doncella del mito griego logro un retrato perdurable de esos ojos.
La otra noticia tiene que ver con la formación de una comisión y allí está el nombre de nuestra abuela Isabel y el de tía Pepa y tantos otros nombres y apellidos amigos.
Las casualidades tendieron el puente…
Gracias Juan.
Gracias Maipú!!!
Ocultan en la hondura del estante
Y que los días y las noches cubren
De lento polvo silencioso. El ancla
De Sidón que los mares de Inglaterra
Oprimen en su abismo ciego y blando.
El espejo que no repite a nadie
Cuando la casa se ha quedado sola.
Las limaduras de uña que dejamos
A lo largo del tiempo y del espacio.
El polvo indescifrable que fue Shakespeare.
Las modificaciones de la nube.
La simétrica rosa momentánea
Que el azar dio una vez a los ocultos
Cristales del pueril calidoscopio.
Los remos de Argos, la primera nave.
Las pisadas de arena que la ola
Soñolienta y fatal borra en la playa.
Los colores de Turner cuando apagan
Las luces en la recta galería
Y no resuena un paso en la alta noche.
El revés del prolijo mapamundi.
La tenue telaraña en la pirámide.
La piedra ciega y la curiosa mano.
El sueño que he tenido antes del alba
Y que olvidé cuando clareaba el día.
El principio y el fin de la epopeya
De Finsburh, hoy unos contados versos
De hierro, no gastado por los siglos.
La letra inversa en el papel secante.
La tortuga en el fondo del aljibe.
Lo que no puede ser. El otro cuerno
Del unicornio. El Ser que es Tres y es Uno.
El disco triangular. El inasible
Instante en que la flecha del eleata,
Inmóvil en el aire, da en el blanco.
La flor entre las páginas de Bécquer.
El péndulo que el tiempo ha detenido.
El acero que Odín clavó en el árbol.
El texto de las no cortadas hojas.
El eco de los cascos de la carga
De Junín, que de algún eterno modo
No ha cesado y es parte de la trama.
La sombra de Sarmiento en las aceras.
La voz que oyó el pastor en la montaña.
La osamenta blanqueando en el desierto.
La bala que mató a Francisco Borges.
El otro lado del tapiz. Las cosas
Que nadie mira, salvo el Dios de Berkeley.
Jorge Luis Borges. (1899-1986)
Cosas. El oro de los tigres 1972
La calesita aparecía en el barrio sin que supiéramos como ni cuando. Simplemente aparecía. A nadie le preocupaba que un minuto antes el lugar estuviera vacío. Un día desaparecía sin que jamás la viéramos partir. Llegábamos al baldío y la calesita no estaba; entonces jugábamos a la pelota, a las escondidas, como si no hubiéramos pensado siquiera en ella. Parece que sin haber terminado de partir, estaba llegando. Y con el último anuncio de su llegada, había comenzado a partir. Esta cuestión, en un tiempo no muy lejano, era conocida por todos. Cuando fuimos invadidos por los enanos del olvido - Los que no saben reír – entre muchos daños que nos hicieron, nos robaron la memoria. Por eso es necesario contar cosas que todos sabíamos pero que no nos dejan recordar.
Cuando nos robaron la memoria, la calesita quedó suspendida en el tiempo de partir, sin tener adonde volver. A veces, andando por las calles de algún barrio lejano y desconocido (donde siempre hay refugio para silbidos a las muchachas y pájaros melancólicos) la vemos aparecer fugazmente, buscando un tiempo y un lugar para llegar. A nadie se le ocurría preguntar de donde venía ni quién la traía. Los chicos sabíamos que la fantasía y el milagro convivían con nosotros. Los mayores creían que la música salía de un disco, porque cuando crecen se alejan de la inocencia. No les está permitido ver la magia cotidiana. En realidad la música era interpretada por una banda de jocosos duendes que bailaban, tocaban sus instrumentos y nos hacían guiños desde el techo de la calesita. Si los mayores hubieran podido andar por los potreros, baldíos, esquinas, de todos los barrios y los pueblos, estar al mismo tiempo por todos esos lugares, hubieran descubierto el principio del misterio. Pero todos sabemos (aunque no nos acordamos) que eso sólo lo hacen los nobles ancianos - los que custodian la ternura del hombre - y los hermanos mayores - que descansan en el sueño donde el principio y el final juegan a ser dioses y por desconocido le llamamos muerte. Por eso nunca se dieron cuenta que todas las calesitas tenían los mismos caballitos, carrozas, elefantitos. Mucho menos supieron que los calesiteros que ofrecían la sortija, tenían la misma cara, la misma sonrisa, los mismos gestos. No podían saber que no había muchas calesitas, sino una sola que aparecía en todas partes al mismo tiempo.
Las mamás, los papás, abuelos, tíos, veían a su niño dar vueltas, sin darse cuenta que en cada giro pasaba un niño distinto, que venía de algún lugar lejano donde habían subido a la calesita.
Cuando éramos pibes (cosa que especialmente los enanos del olvido - los que no tienen ojos para no ver la vida - no nos dejan recordar), elegíamos.
Si acaso montábamos el caballito oscuro, nos podía llevar más lejos, a las praderas del norte, por ejemplo, cuando la única preocupación que tenían por allá era llevar carretas de un lado para otro, perseguir indios y salvar muchachitas rubias.
A veces ocupábamos bellas carrozas doradas y sin darnos cuenta en qué momento, saltábamos por las calles empedradas de las viejas ciudades de Jack London. Había llamas o guanacos que nos trasladaban a regiones totalmente desconocidas en las alturas andinas, con enormes valles y profundas quebradas, con niños, hombres y mujeres, con vestimentas nunca vistas por nosotros, ya que no aparecían en los libros de aventuras ni en las revistas de historietas. Y una música que no escuchábamos en nuestro mundo cotidiano. No teníamos modo de saber que estas llamas y guanacos nos llevaban de viaje por nuestras raíces, que los enanos del olvido -los que perdieron las manos por no saber hacer una caricia- ya nos habían robado, antes de robarnos la memoria.
Cuando la sortija se colgaba de un pequeño y ansioso dedo, bajo la atenta y compinche mirada del calesitero, significaba que la misión del viajero no había terminado, teniendo que volver a la región mágica que le había tocado y dejar las cosas en orden para el próximo visitante. Cuando los chicos lloraban que querían una vuelta más, los mayores no podían saber que el llanto era también de pena, por la tristeza del mundo fuera de la calesita. En definitiva, éste era uno de los territorios libres de la maldad de los enanos del olvido -los que nunca fueron niños-. Como todo misterio que se respete, debía ser conocido sólo por un grupo de elegidos. Estos eran los chicos que viajaban en calesita, mientras estaban en ella. Al bajarse, se olvidaban de lo que les había sucedido. Pero no de sus emociones.
Los enanos del olvido - los que no tuvieron ni tendrán lugar permanente en el mundo - preocupados por no poder vencer la magia de la calesita, comenzaron a ocupar los lugares donde acostumbraban a llegar.
Fue una delirante carrera para encontrar lugares vacíos y construir bancos, financieras y muy especialmente playas de estacionamiento, porque es mucho más fácil dominar a quienes detienen su camino, por el mismo motivo que no se puede quitar la libertad a aquellos que mantienen su decisión de avanzar por la vida.
Estos baldíos, potreros, esquinas, eran los países del mundo de
Aquellos que no lograron escapar, fueron capturados por los feroces enanos del olvido
-los que se borraron las orejas porque odian escuchar a los demás- y nunca más nadie supo de ellos.
A pesar de avanzar en estos planes, los malvados no estaban seguros de vencer la magia de la calesita. Entonces decidieron prohibir ser niño. En un mundo inescrupulosamente diseñado, ser niño es inventar caminos que no llevan al éxito, sino al placer de andar con un par de golondrinas por zapatos, la sonrisa abrigando el pecho y el asombro despejando las zonas oscuras.
Por eso los enanos del olvido -los que no aprendieron a nacer, sólo a morirse- les temen a los niños. Por eso robaron los padres a sus hijos, los hijos a sus padres. Prohibieron a los músicos y poetas que proveían canciones a los duendes para dar ritmo mágico a la calesita y a todo aquel que tuviera oídos limpios para escucharlos. Secuestraron a los juguetes y ensuciaron los juegos. La mancha fue una culpa, la escondida un miedo, y el vigilante y ladrón un juego del revés.
Dicen los nobles ancianos -los que custodian la ternura del hombre- que habrá años de sequía. Rondarán los cuervos (esos viejos tramposos disfrazados de pájaros) para ocuparnos los nidos. Merodearán las ratas, comiéndonos los pasos (a veces se ponen vistosos uniformes, a veces se visten de ministros). Loros del país repetirán discursos de otros depredadores, que siempre viven lejos. Discursos que como buenos loros, siempre dicen lo mismo: -“Es tiempo de sacrificios” “Con paciencia se gana el cielo” “Es el destino del pobre”.
Sucederán largas lluvias. Habrá una tarde de llovizna, el viento nos mojará la cara y una tibia humedad envolverá nuestros brazos. Dicen los nobles ancianos que será el llanto de aquellos que duermen sin descanso, porque a ellos les robaron el nombre, el lugar del sueño. Lo mismo que a la calesita, los hicieron partir sin que nadie los viera, sin saber cómo ni cuando. Y borraron los lugares donde podrían volver.
Dicen que será el tiempo de salir a las calles, donde andarán los duendes que bailan, tocando sus instrumentos y alentando con sus guiños. Al compás de su música deberemos cantar.
Cuando un pueblo canta, la vida se estremece. Sacude la hojarasca y todo se renueva como después de un incendio. A medida que avancemos al calor del canto, en cada malvón florecerá una ternura. Los jazmines esparcirán un aroma nuevo con sabor a recuerdos. Cada espina de rosa tendrá la forma del rostro de algún hermano ausente. Las palomas unirán su vuelo hasta cubrir el cielo, recogerán la lluvia de lágrimas hasta formar un mar. Con él, inundarán las zonas del dolor y la tristeza.
Dicen que ese día, cuando se eleve el canto y la tierra despierte al sonar nuestros pasos, los bancos, financieras, todos los cubiles del desamor del hombre, se derrumbarán hechos cenizas. Detrás de un infinito paredón que une el baldío de los recuerdos con la esquina de la esperanza, saltarán hacia nosotros las pelotas perdidas y habrá espacios libres para que la calesita termine de partir y vuelva.
Después será cuestión de avanzar y cantar. No olvidar el camino andado y por andar. Sembrar en los baldíos malvones con ternura. Al crecer cada día, guardar un pedacito del niño que dejamos. Entonces no habrá enanos ni olvidos que puedan invadirnos. Habrá mañanas en que al abrir la puerta, veremos a los jocosos duendes, bailar tocar sus instrumentos, anunciando que al barrio llegó la calesita el caballito blanco de ojos audaces. Al ponerse en movimiento, al compás de la música de los duendes, se apartaba de la plataforma de madera y nos llevaba a galopar por las inmensas llanuras del país. Quizás en medio de un malón, tal vez acompañando las largas jornadas de viejos arrieros.
Rubén Amaya. Tucumán
http://cuentosporrubenamaya.blogspot.com