jueves, 14 de junio de 2007

Nada las reemplaza

Un papel manuscrito, siempre logra intrigarme, no puedo dejar de pensar en las personas detrás de esas palabras, de esa caligrafía, de esa redacción, de esa firma.

Mírenlas acumulan años, parecen marchitas pero cuando uno las lee recuperan amabilidad, cordialidad, naturalidad, sencillez.
Cartas, esquelas que viajan en el tiempo y aparecen dentro de un libro, en el fondo de un cajón para decirnos:
Aquí estamos. ¡Nada nos reemplaza!


Una corta esquela, fechada en enero de 1914. Trae saludos del primo Julio Facio para Isabel y Bernabé

¡Hacho, desde Pintos!

María Angélica y Marcos Stupenengo desde Villa Regina

Avelina, desde Mar de Ajo.



¡Carta de Bertha Prunes!
¡Noticias de Guido, 1956 de puño y letra de Avelina!
y tantas otras Cartas que iban y volvían desparramando, ternura, afecto, simpatía, nostalgias.
Buenas y malas noticias. Congratulaciones y pésames.

Hoy con e-mail, “ahorramos tiempo”, enviamos y recibimos mensajes instantáneos. Pero el atractivo, de las viejas cartas manuscritas permanece.

Hace muchos años una noche de septiembre de 1988, en la sala de guardia del Hospital Alvarez donde habían internado de urgencia a mi padre, en el huequito de la banqueta en la que estaba sentada, esperando que llegara mi hermano, encontré una estampita con la imagen del Sagrado Corazón, tenía algo escrito, pero, la poca luz no me permitía leer y la guarde, por aquello de: “las estampitas no se tiran, no se rompen…” Unos días mas tarde volvió a aparecer, asomaba silenciosa por el bolsillo de mi cartera, entonces pude leer “refúgiate en su corazón y el consuelo llegara, Patri 22/12/70.” Sí, no hay error estaba fechada en 1970, durante varios días cada vez que iba o volvía del Sanatorio donde mi padre simplemente esperaba, yo abría ese bolsillo y volvía a leer: refúgiate en su corazón y el consuelo llegara.
Después que murió Madrid, no se cuando ni como, extravíe la estampita, o quizás alguien la necesitaba más que yo y “ellos” decidieron arrimársela.

Siempre tropiezo con palabras manuscritas, que me traen mensajes, que me ayudan a seguir, o son ellas las que se me acercan, como aquellas, que me encontraron en un viaje de Constitución a Banfield. Estaban amontonadas en un papel, prolijamente plegado, dentro de una agenda, a modo de señalador, parecía un papel muy viejo, una letra pareja y legible; uniendo los pedacitos pude leer;
“…necesito que sepas, que te sueño todavía, sueño que despierto en un brillante mediodía de febrero, la habitación esta en penumbras, mi madre ha tenido la consideración de no abrir los postigos, escucho las voces conocidas de siempre, y me aferro a la almohada como un naufrago al madero para así, seguir soñándote. Un rayito de sol rompe la penumbra y, como un estilete de dos estocadas inutiliza mis parpados, entonces, giro la almohada practicando la antigua ceremonia con la secreta esperanza de que vos también me sueñes mañana"

La agenda, una edición de bolsillo publicada por Pagina 12 con textos de Eduardo Galeano, estaba en el asiento... ¿Esperándome? Yo creo que sí.
Dos mensajes, traía ese viejo papel manuscrito con tinta verde. El primero, la página que marcaba donde por primera vez leí “Ventana sobre el Error. Ocurrió en el tiempo de las noches largas y los vientos de hielo: una mañana floreció el jazmín del Cabo, en el jardín de mi casa, y el aire frío se impregno de su aroma, y ese día también floreció el ciruelo y despertaron las tortugas. Fue un error, y poco duró. Pero gracias al error, el jazmín, el ciruelo y las tortugas pudieron creer que alguna vez se acabara el invierno. Y yo también.”

Segundo, el recuerdo de la ceremonia de las almohadas. ¿Les cuento?... Una noche, desperté en medio de una horrible pesadilla, mi padre corrió en mi auxilio, me dio un vaso de agua. Mientras yo me reponía, él, hizo la pantomima de pelear con mi almohada, pegándole unos cachetazos… ¡Mañana!, sentencio, la sacamos al sol. Por la mañana yo me levante con la almohada debajo del brazo y me fui derechito hasta el patio, entibiado por el sol de esa primavera de 1957.
- ¡Muy bien! Dijo Madrid, mientras tusaba el cerco de thujas. (Escribo la palabra, thujas, y la fragancia de ese recuerdo, me envuelve. Esas plantas con formas cónicas, verdes, compactas, con aroma a mar, a vacación ya no están en esta casa, pero su perfume persiste en mi memoria.) - Cuando tengas sueños lindos, continúo Madrid, sin abandonar la poda, das media vuelta a tu almohada al despertar, para que otros sueñen lindo también, cuando sueñe feo señalo, poniendo distancia con el usted, al juguetón que aparecía pintándole en la cara una sonrisa pícara, me le da unos mamporros a esa almohada ladina y por la mañana, me la saca y la estaquea al sol; las pesadillas no saben dónde meterse cuando ven la luz, todo lo malo se oculta en lo oscuro, ya vera, ¡no volverán caracho!
Él se quedó desmochando las thujas y yo aporreando la almohada, aquella mañana.

Hasta ese día en que encontré aquel papel manuscrito con tinta verde nunca había recordado esa anécdota, siempre que sacaba las almohadas al sol, involuntariamente, repasaba el cuento de Horacio Quiroga “El almohadón de Plumas”. Pero desde aquel día de agosto de 1997 he vuelto a girar almohadas cuando sueño lindo y por las dudas, solo por las dudas, las estaqueo al sol por las mañanas.
“Despojados de su memoria, los pueblos se opacan mueren y suelen morir en medio de la algarabía de imaginar que el pasado no interesa, aturdidos por voces que llaman a no recordar, apalabrados por ilusionistas que susurran que hoy todo empieza de nuevo. Las raíces pueden secarse si una voluntad de memoria no se opone a la voluntad de olvido. Sin esta finalidad no hay ética posible”. Héctor Schmucler (1994 Revista Universidad Nacional de Córdoba).